“Usaron el horno para broncearse, sabes…”

Marc-Antoine Dilhac cuenta como él enfrentó el prejuicio anti-semita en un salón de clases Francés, y argumenta que el debate abierto sobre los discursos de odio trae más beneficios que aquellos que se derivan de prohibirlos.

Sucedió en el 2008. En esa época estaba enseñando filosofía en una escuela secundaria para capacitación vocacional, en el sur de Francia, no muy lejos de la frontera con España, en el pequeño pueblo de Gourdan Polignan. Mis alumnos tenían como 18 años y tenían, con algunas excepciones, un origen rural.

Así que, tenía una clase sobre el tema filosófico de la tecnología (la técnica). El tema es parte del currículo de filosofía para todos los alumnos Franceses. Para resumir mi curso, hasta donde recuerdo, empezó con una clase sobre la concepción de Aristóteles del arte/ technè, después presenté la transformación de la ciencia en el trabajo de Bacon y Descartes, y después seguí con el análisis de Marx sobre la producción, etc. En la última clase, comenté sobre la revolución industrial y abordé el giro de Taylor y la racionalización de la producción en masa.

La última parte de esta clase fue sobre, como lo puse de forma provocativa, “uno de los pasatiempos favoritos de los seres humanos de todos los tiempos, que es hacer la guerra y matar.” Mi propósito era mostrar cómo la industrialización implicó un nuevo paradigma para una serie de actividades humanas, y una de ellas es la guerra. Para mantener la atención de mis alumnos, que se encontraban más familiarizados con JayZ que con Aristóteles, les mostré diapositivas de PowerPoint con fotos y partes de películas como “Tiempos Modernos” de Charlie Chaplin. Mientras que estaba presentando el tema contemporáneo de homicidio en masa, mostré fotos de lo que parecía ser una fábrica normal, pero que en realidad era Auschwitz. Después llevé a mis alumnos dentro de esta fábrica y les mostré los hornos. En ese preciso momento, escuche detrás de mí alguien diciendo un chiste horrible y sus amigos riéndose en voz alta: “usaban el horno para broncearse, saben…”.

Imagínenme a mi en frente de más de 30 hombres grandes, jugadores de rugby y cazadores, riéndose sobre los prisioneros Judíos. Sentí como si me hubieran apuñalado. Pero enfrenté al que hizo el chiste: “¿Perdón? ¿Puedes repetir el chiste en voz alta?” “Señor, sólo es un chiste, no lo tomé a mal.” Estaba a punto de perder la paciencia y dije: “No, por favor, me gustaría reírme también ¿Qué dijiste?” “Oh nada…” respondió. Entonces pregunté: “¿Qué es tan chistoso sobre el genocidio Nazi de los judíos? Debo haberme perdido de algo, quisiera entender.” Pero se mantuvieron en silencio y yo no pude continuar mi clase. Estaba sencillamente horrorizado con su comportamiento.

Durante mi viaje de vuelta a Toulouse, donde solía vivir, no podía pensar en nada más. No pude dormir esa noche. Algo había salido muy mal y empecé a culparme a mi mismo. Pensé que debí haber sido más inteligente, debí tratar de entender su reacción, y ciertamente no debí haber reaccionado como lo hice. En la mañana estaba decidido a hablar con ellos y a dejarlos ventilar su rabia anti-Semita. Estaba pensando en Sócrates enfrentando al peligroso Callicles, y estaba convencido de que si Sócrates podía resistir la agresión de Callicles, yo podía soportar lo que estaba a punto de oír. También me sentía confiado del poder del diálogo para desbancar argumentos equivocados, exponer sofistas, y de pronto “curar” almas viciosas. Pero claro, tienes que asumir que los prejuicios como el racismo y el anti-Seminismo están respaldados, aunque sea remotamente, por argumentos o al menos por alguna retórica.

Al principio de la clase, me disculpé por mi reacción del día anterior y les dije que aunque no compartía sus opiniones estaba interesado en su justificación. Así que sugerí que en lugar de seguir con la clase sobre la técnica, deberíamos discutir su entendimiento de Shoah y su percepción de los Judíos. Al principio mi propuesta fue descartada: “No señor, no podemos hablar de eso. Por un lado, no estamos del mismo lado, Usted lo sabe, nosotros lo sabemos.” Y si le decimos lo que pensamos de los Judíos, violaríamos la ley, Usted tendría que reportarnos al rector, y nosotros nos meteríamos en problemas… así que por favor, sigamos adelante.” Yo estaba esperando este tipo de reacción, así que traté de convencerlos de que no presentaría ningún reporte a rectoría y que lo que se dijera en el salón se quedaría en el salón. Por alguna razón yo tenía autoridad moral sobre ellos y ellos sabían que podían confiar en mi. Pero incluso en esta etapa, fue muy difícil involucrarlos en una discusión, así que para romper el hielo: “Como no quieren hablar, déjenme decirles cómo entiendo yo su reacción. Ustedes creen que siempre hablamos de los Judíos, que se hace demasiado por ellos, y Ustedes se sienten frustrados.” Ellos asintieron y finalmente hablaron de sus sentimientos.

Básicamente ellos pensaban de buena fe que por el Shoah, nosotros no le ponemos atención a otras masacres como el genocidio en Rwanda; ellos consideraban que por el sufrimiento en el pasado de los Judíos, cerramos los ojos al sufrimiento de los Palestinos. Vale la pena mencionar que no había Árabes o Africanos del Norte en mi clase, sino en su mayoría personas de “origen Francés”, si esta expresión tiene sentido. Fue fácil enfrentar este argumento y hacerlos entender que recordar el Shoah sólo fortalece nuestra sensibilidad a la injusticia contra otros seres humanos. En ocasiones fue difícil soportar sus prejuicios sobre los Judíos, pero lo discutimos de forma respetuosa. Al final de la clase, me dijeron que estaban agradecidos por dejarlos hablar libremente, que entendían sus errores y por qué era moralmente incorrecto apoyar y diseminar visiones anti-Semitas. Al final del día, pensé que había hecho lo correcto.

Ahora, no puedo decir que triunfé en cambiarles de opinión por completo, pero con seguridad evité una situación de gran preocupación: dejar que el racista piense que está en lo correcto pero que el Establecimiento (parcializado a favor de los Judíos, inmigrantes, negros, etc.) le impide decir la verdad. Es por eso que yo creo profundamente que no debemos restringir la libertad de expresión excepto en el caso de claro e inminente peligro. Yo concedo que lo que yo logré “dentro de los muros”, en un salón, ciertamente es más difícil de lograr en una esfera pública más amplia (“Entre los muros”, Entre les murs, se refiere a una – no muy buena pero famosa – novela de François Bégaudeau sobre un profesor de literatura en una escuela secundaria). Pero yo creo que esta experiencia muestra evidencia fuerte contra las prohibiciones legales al discurso de odio. La persecución del hereje resulta en convertirlo en hipócrita pero no le cambia su fe. Esta lección del siglo XVI sigue siendo cierta.

Marc-Antoine Dilhac es un profesor de ética y filosofía política de la Universidad de Montreal.

Lee más:

Deja un comentario en cualquier idioma

Puntos destacados

Ir a la izquierda para ver todos los destacados.


Debate sobre la Libertad de Expresión es un proyecto de investigación del Programa Dahrendorf de Estudios para la Libertad en el St Antony's College de la Universidad de Oxford. www.freespeechdebate.ox.ac.uk

Universidad de Oxford